SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA
NO CONFUNDIR A NADIE CON JESÚS
“Este es mi Hijo amado, escuchadle.”
Por el P. Clemente Sobrado
Marcos 9, 2 - 10:

Reflexión
Amigos, este domingo aparece lleno de luz y también de alegría y esperanza. Ya no estamos en las arenas del desierto, estamos en la cima de un monte. Ya no estamos ante un Jesús hundido en la experiencia humana del pecado de los hombres, estamos ante un Jesús cuya humanidad de transfigura por la luz interior que alumbra dentro de Él.
En el desierto lo vemos solo, en lucha consigo mismo y en la oscuridad de los caminos que el Padre le pone por delante. Hoy lo vemos acompañado, primero por tres de sus discípulos más cercanos y luego por las dos grandes figuras del Antiguo Testamento: Moisés y Elías.
Si la tentación del desierto puede ser un símbolo de la humillación de Jesús en la Cruz, donde la misma tentación se repite, hoy lo vemos en las luces de la Pascua, iluminado, transformado, victorioso sobre las oscuridades de la muerte.
En nuestro caminar hacia la Pascua, no solo nos hemos de ver a nosotros como los débiles ante la tentación o los hundidos en el pecado de la infidelidad a los planes de Dios.
La Transfiguración es una llamada a vernos nosotros en nuestra Transfiguración llevada a cabo en nosotros por el Espíritu que nos hace hombres nuevos. Se trata de ese cambio interior que se opera en nosotros por la gracia del Resucitado y por la presencia del Espíritu que nos renueva y nos hace hombres nuevos.
Un cambio, por otra parte, que no queda en nosotros sino que tiene que ser percibido por los demás y tiene que ser como una invitación a que los demás se sientan atraídos por Jesús.
Es aquí dónde cada uno de nosotros nos convertimos en fuente de luz y fuente de alegría para los demás, cuyo mejor ejemplo lo encontramos en el mismo San Pablo. Él es el mejor ejemplo de la Transfiguración que el Espíritu puede llevar a cabo en cada uno de nosotros.
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