
UN LOCO DIA DE PLAYA

Ante todo les diré que no me gusta escribir, ni cartas de amor he escrito. Esta historia que les voy a contar, un día se la conté a Paco y a Humberto y les resultó muy buena, que me pidieron repetirla para el blog. No sé como saldrá, porque una cosa es contarla verbalmente y otra por escrito. Ustedes me conocen, mis calificaciones en lenguaje y literatura eran de lo peor, pero haré el esfuerzo. Pido de antemano disculpas por la redacción y las posibles faltas de ortografía.
Eduardo Maraví, el loco Rubén Solórzano, Milton y Edgardo Escobar y yo un día planeamos salir a pasear a la playa, rompiendo la rutina. Era un grupo bien loco, hacíamos perradas y mataperradas, siempre estábamos haciendo noticia, fregábamos a medio mundo y ese día le tocó al loco Solórzano. Mi memoria a veces me falla y no recuerdo si esta salida fue en pleno 1977, año que me incorporé a la promoción, al año siguiente o después de salir del colegio. Lo que se es que había sol, y muy posible que era en verano. Salimos a mitad de la mañana llevando solo agua, nuestras truzas y un poco de dinero, algo que pudimos “recursiarnos” de nuestros viejitos. La vieja Edgardo era el mas tranquilo y el loco el mas desbocado del grupo.

Compramos algunas chelitas bien al polo para refrescarnos, el loco hacía payasadas a cada momento, jodía a las hembras que pasaban cerca al grupo, le lanzaba la pelota al propósito a las chicas que tomaban el sol, solo por acercarse a ellas y gozar visualmente de sus torneados cuerpitos de cerca. Estábamos ya un poco picarones y las cosas nos salían todas bien, al menos eso creíamos todos. Ciriando a las hembras, jugando con el balón, es decir éramos ganadores en ese momento.
Llegó la hora del almuerzo, creo que el loco no puso nada, a mí me enyucaron casi toda la cuenta del combo, creo que pedimos un sevillano con harto ají que lo comimos con arena de playa. Después del combo descansamos un poco respirando la brisa del mar y tomando sol extra. No se en qué momento, creo que una hora después, aprovechando que el loco estaba jateando, a Eduardo se le ocurre una malévola idea. Estaba tan insoportable y diforsado el loco que teníamos que darle una lección. El plan consistía en darle el gran susto de su vida.

Así fue, nos despedimos y nos fuimos alejando, el loco gritaba con las justas porque la arena con el agua se había endurecido, el pánico se había apoderado de él por completo. “Por favor, no me dejen...!” repetía el loco, “Nos vemos mañana....si te encontramos!!” le gritamos. Milton dijo que regresemos, a lo que yo le hice caso. La cara del loco cambió y esbozó una tímida sonrisa, que desapareció cuando se dió cuenta que regresé tan solo para cubrirlo con un pedazo de plástico a manera de techito. En ese momento el loco rompió en llanto y el miedo lo embargaba por todos lados. Ya era de noche y las plegarias de Solórzano así como las súplicas se escuchaban en toda la silenciosa playa.
Terminamos con la tortura china, corriendo todos hacia el loco, él con la cara llena de barro, llorando y maldiciendo a todos lados. Con esto terminaron sus payasadas de aquel día y también nuestras diabladas, que a decir verdad creo que se nos pasó un poquito la mano.....
Andrés Sovero Espíritu
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