
"TRAIGANME LA BOTELLITA..!"
Se acercan los días de Pascua y de fin de año. Llegan a mi, recuerdos del tiempo de colegio y existe una historia ya contada en marzo del 2008 que nuevamente evoco en mi columna de todos los viernes. Es una en la que el Loco Rubén, -el entrañable amigo que no sabemos actualmente nada de él ni donde está- hace de las suyas en una travesura que podía haberle costado la vida. Justo fue en diciembre de 1978, hace nada menos que 32 años y que ahora la volvemos a publicar actualizada y mejorada:

Saliendo del colegio se le ocurrió a alguien, el ir a comprar trago para entonarnos y pasarla bien. Ya Hugo desde aquel entonces se vislumbraba como buen bebedor. Él preguntó al grupo: "¿Y qué vamos a tomar hoy?" Por ahí alguien dijo que una botella de la intoxicante Guinda “Huaura”aquella bebida de fantasía, a lo que el cabezón respondió: “Eso toman solo las hembritas wuones!” Chelas?, vino?, “ stronyer”? -que era el precursor del Baileys-, ron?" Realmente hablaba con fundamento y quedamos que lo que tomaríamos hasta morir aquella noche tenía que ser vino.
Mientras la comisión “pro chancha” recolectó algo de los alicaídos bolsillos juveniles, el resto del grupo se instalaba en el parque que estaba frente a la casa de Eduardo Maraví en la zona “A” de San Juan. Por ahí se prendieron algunos cigarrillos y comenzó el campeonato de “golpeo”, aquel que pretendía ser el primer desafío de la noche. Al rato desfilaron historias acerca de hembritas y conquistas, la verdad que la mayoría de seguro eran solo pura prosa, pero uno la pasaba bien mientras llegaba “el combustible”.


No pasaron ni cinco minutos y Rubén comenzó hacer convulsiones y sentir que la cabeza le daba mas vueltas que en silla voladora. No se pudo mantener un instante en pie y cayó en la grama del parque tocándose el vientre. Todos pensábamos que era otra de sus payasadas acostumbradas y muchos de nosotros ni caso le hicimos. Pero si era cierto, el efecto demoledor del aguardiente barato había cumplido su fín. Eran las tres de la madrugada y teníamos que regresarlo a su casa. Para esto nadie quería asumir tal misión. Se me partió el alma y junto con Huguito lo llevamos a su casa. Eso sí en esos casos Hugo era muy servicial. Durante el trayecto con una frecuencia de 30 segundos, el Loco iba dejando parte de sus entrañas por el camino. Compramos leche y le dimos para que se “desintoxique”, pero fue peor, Rubén no aguantaba estar parado y muchas veces arrodillado en la pista se ponía a vomitar.
Por fín llegamos, el caminó nos pareció interminable por las frecuentes paradas. Lo pusimos de pie frente a la puerta de su casa, le arreglamos un poco la ropa, lo peinamos y tocamos el timbre. Luego de eso corrimos de la escena del crimen y tratamos de olvidar aquel incidente tan vergonzoso.
Rubén pasó a ser el "héroe" de la jornada y de algunos meses más. Ahora, al pasar los años ese héroe sería tan solo una "víctima" más de la presión de grupo.
Da vergüenza, da pena y hasta gracia recordar esas cosas de chiquillos. De muchachos que juegan a ser hombres mayores, de sentirnos bacanes por unas horas y demostrar nuestra mal llamada “hombría”. Creo que todos pasamos por esto y es aleccionador en el tiempo, aunque a veces no escarmentamos. Si tenemos hijos adolescentes sabemos ahora que decirles, no hay mejor lección que la que recibimos cuando nos equivocamos. La adolescencia es un conjunto de experiencias que nos marcan el camino que de adultos vamos a tomar. Existen hoy en día mayores situaciones peligrosas y de riesgo que nuestros hijos pasan o experimentarán. Nuestra experiencia es básica y el consejo deberá ser oportuno.
Paco Cárdenas Linares
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