
En cierta oportunidad conversaba con un amigo sobre la mejor manera de entender la vida y la analogía que escogió me causó gran impresión, él comparaba la vida con un viaje en tren.

Cuando nacemos abordamos ese tren y nos ponemos en las manos de algunas personas que, solemos creer, estarán siempre en ese viaje con nosotros: nuestros padres, desgraciadamente eso no es verdad; en alguna estación ellos bajarán y nos privaremos de su cariño, amistad y compañía, y por otro lado, subirán personas interesantes y que llegarán a ser muy especiales para nosotros en algún momento del viaje.


El viaje es así, lleno de idas y venidas, sueños, fantasías, esperas, bienvenidas y despedidas. Pero eso sí, jamás tiene retorno, siempre iremos hacia delante. De nosotros depende hacer el viaje de la mejor manera posible, tratando de llevarnos bien con todos los pasajeros, sin malicia ni hipocresía, dando lo mejor de sí y buscando en cada uno de ellos lo mejor que tengan para ofrecer.

De lo único que podemos estar seguros es que jamás sabremos en qué parada nos bajaremos, y mucho menos donde bajarán nuestros compañeros y ni siquiera el que esta sentado en el asiento de al lado.
Me quedo pensando si al bajar de ese tren sentiré nostalgia... creo que si, la sentiré, al separarme de los amigos hechos durante el trayecto, pero en compensación tendré la seguridad que aún sin mi ese tren seguirá su camino. Y ahí estarán mis hijos y seres queridos continuando el viaje, aferrado a la esperanza de llegar, en algún momento, a la estación central, y verlos llegar con un equipaje que no tenían en el momento de embarcar, y lo que más feliz me hará será el pensar, que yo puse mi grano de arena en el crecimiento de ese equipaje y hacerlo más valioso. La vida continúa.
Mario Domínguez Olaya
Excelente artículo y muy buena reflexión estimado y mal llamado "Hombre de piedra".
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