
“LOS QUE MUEREN POR LA VIDA NO PUEDEN LLAMARSE MUERTOS”
Mario Benedetti solía decir "…después de todo, la muerte es solo un síntoma de que hubo vida", y lo decía por experiencia propia y por que lo tenía muy claro; ahora se ha ido, para atravesar suavemente el umbral de los grandes no solo de la literatura latinoamericana sino, sobre todo, de aquellos que han sabido entregar su vida por la humanización del ser humano, ahora, estoy seguro de ello, que desde tu altura volverás tu tierna mirada hacia el camino recorrido para decir como lo hacía Dante en la “Divina Comedia”: “…ante las puertas del cielo como en la entrada del infierno una obligación se impone: Quede aquí cuanto sea recelo, mátese aquí cuanto sea vileza”.
Benedetti con 88 años vividos ha muerto, el pasado domingo 17 de mayo, pero no ha dejado de existir, cuando menos seguirá viviendo en la memoria de quienes apreciamos su calidad humana y en la memoria del pueblo que lo engendró; es curioso como la experiencia de la muerte puede darnos profundas lecciones de vida y saber que el momento mas trascendente de nuestra existencia no es el momento de nuestra muerte sino el hilo conductor dialéctico que nos construye como personas desde el momento que nacemos con todos nuestros errores y aciertos, virtudes y defectos, que nos permite ver la luz al final del túnel y tener la certeza que no fue en vano aquello que hicimos y siempre habrá alguien dispuesto a hacer aquello que no pudimos lograr y que algún día se dará la última pincelada a este gran cuadro policromo y oscuro que solemos llamar vida. Querido tocayo, sigue tranquilo tu camino que varias son las manos que tomaremos tu posta. ¡Hasta la victoria! ¡Siempre!.

Benedetti con 88 años vividos ha muerto, el pasado domingo 17 de mayo, pero no ha dejado de existir, cuando menos seguirá viviendo en la memoria de quienes apreciamos su calidad humana y en la memoria del pueblo que lo engendró; es curioso como la experiencia de la muerte puede darnos profundas lecciones de vida y saber que el momento mas trascendente de nuestra existencia no es el momento de nuestra muerte sino el hilo conductor dialéctico que nos construye como personas desde el momento que nacemos con todos nuestros errores y aciertos, virtudes y defectos, que nos permite ver la luz al final del túnel y tener la certeza que no fue en vano aquello que hicimos y siempre habrá alguien dispuesto a hacer aquello que no pudimos lograr y que algún día se dará la última pincelada a este gran cuadro policromo y oscuro que solemos llamar vida. Querido tocayo, sigue tranquilo tu camino que varias son las manos que tomaremos tu posta. ¡Hasta la victoria! ¡Siempre!.
“A IMAGEN Y SEMEJANZA
Era la última hormiga de la caravana, y no pudo seguir la ruta de sus compañeras. Un terrón de azúcar había resbalado desde lo alto, quebrándose en varios terroncitos. Uno de éstos le interceptaba el paso. Por un instante la hormiga quedó inmóvil sobre el papel color crema. Luego, sus patitas delanteras tantearon el terrón.
Era la última hormiga de la caravana, y no pudo seguir la ruta de sus compañeras. Un terrón de azúcar había resbalado desde lo alto, quebrándose en varios terroncitos. Uno de éstos le interceptaba el paso. Por un instante la hormiga quedó inmóvil sobre el papel color crema. Luego, sus patitas delanteras tantearon el terrón.

Después de una momentánea detención, terminó por atravesarla. Ahora la superficie era otra vez clara. De pronto el terrón resbaló sobre el papel, partiéndose en dos. La hormiga hizo entonces un recorrido que incluyó una detenida inspección de ambas porciones, y eligió la mayor. Cargó con ella, y avanzó. En la ruta, hasta ese instante libre, apareció una colilla aplastada. La bordeó lentamente, y cuando reapareció al otro lado del pucho, la superficie se había vuelto nuevamente oscura porque en ese instante el tránsito de la hormiga tenía lugar sobre una A. Hubo una leve corriente de aire, como si alguien hubiera soplado. Hormiga y carga rodaron. Ahora el terrón se desarmó por completo. La hormiga cayó sobre sus patas y emprendió una enloquecida carrerita en círculo. Luego pareció tranquilizarse. Fue hacia uno de los granos de azúcar que antes había formado parte del medio terrón, pero no lo cargó.

La hormiga avanzó hasta él, esta vez con parsimonia, como midiendo cada séxtuple paso. Así y todo, llegó hasta su objetivo, pero cuando estiraba las patas delanteras, de nuevo corrió el aire y el palito rodó hasta detenerse diez centímetros más allá, semicaído en una de las rendijas que separaban los tablones del piso. Uno de los extremos, sin embargo, emergía hacia arriba. Para la hormiga, semejante posición representó en cierto modo una facilidad, ya que pudo hacer un rodeo a fin de intentar la operación desde un ángulo más favorable. Al cabo de medio minuto, la faena estaba cumplida. La carga, otra vez alzada, estaba ahora en una posición más cercana a la estricta horizontalidad. La hormiga reinició la marcha, sin desviarse jamás de su ruta hacia el zócalo. Las otras hormigas, con sus respectivos víveres, habían desaparecido por algún invisible agujero. Sobre la madera, la hormiga avanzaba más lentamente que sobre el papel. Un nudo, bastante rugoso de la tabla, significó una demora de más de un minuto. El palito estuvo a punto de caer, pero un particular vaivén del cuerpo de la hormiga aseguró su estabilidad. Dos centímetros más y un golpe resonó. Un golpe aparentemente dado sobre el piso. Al igual que las otras, esa tabla vibró y la hormiga dio un saltito involuntario, en el curso del cual, perdió su carga. El palito quedó atravesado en el tablón contiguo.

Entonces, de lo alto apareció un pulgar, un ancho dedo humano y concienzudamente aplastó carga y hormiga.”
Mario Benedetti
Mario Benedetti
Mario Domínguez Olaya
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