

A lo largo del devenir del ser humano en una sociedad llena de antagonismos se van insertando en nuestro quehacer ideas que se convierten en acciones totalmente contrarias a sus orígenes, por ejemplo la difundida idea convertida en refrán: “el trabajo dignifica al ser humano” creo que está al revés, es decir, dado que el trabajo es creación humana entonces EL SER HUMANO ES QUIEN DIGNIFICA AL TRABAJO, somos nosotros quienes realmente transmitimos dignidad a aquella actividad llamada trabajo, cualquiera que fuera. En este sentido, al emanciparse el trabajo de la enajenación se estará emancipando al ser humano en su integridad. Algo parecido ocurre con las conmemoraciones, el discurrir del tiempo (o sería mejor decir el discurrir del hombre a través del tiempo) hace que muchos contenidos vayan quedando por el camino, por ello estas modestas líneas se dirigen a tratar de reavivar en nuestra memoria el por qué conmemoramos el 1ro. de mayo mas allá de ser un número rojo en el almanaque.

Hace 121 años, en París (1889), una de las principales mociones del Primer Congreso de la Segunda Internacional Socialista, decidió que el 1º de mayo sería el día en el cual el movimiento obrero mundial haría sentir su presencia, solidaridad y homenaje a los mártires de la gran huelga general de Chicago por las 8 horas de trabajo. Aquella frase ¡Proletarios del mundo uníos! dejó de ser el fantasma que recorría Europa y prendió como reguero de pólvora en el contexto de una jornada laboral de los obreros entre 12 y 18 horas por día (no muy alejado de lo que hoy ocurre), convirtiendo a la fábrica en un centro de semiesclavitud y al mismo tiempo en un crisol espiritual que haría brotar lo más avanzado de la conciencia humana.

En 1868, el presidente estadounidense Andrew Johnson promulgó la llamada Ley Ingersoll, según la cual se establecía la jornada laboral de 8 horas por día para empleados de oficinas estatales y de obras públicas sin hacer mención alguna a los obreros y jornaleros, implícitamente se legalizaba la arbitrariedad y abuso de los empresarios y se daba luz verde a la explotación desbocada, la brecha social se hacía cada vez más profunda.
El 17 de octubre de 1884, la Federación de Sindicatos Organizados y Uniones Laborales de Estados Unidos y Canadá llevó adelante un congreso en el que se dio resolvió que a partir del 1° de mayo del 1886 se iniciaría una huelga general si es que el gobierno y los empresarios no uniformizaban la jornada laboral de todos los trabajadores, incluyendo obreros y jornaleros. Llegó la fecha establecida y el gobierno continuaba haciendo oídos sordos, y, en consecuencia, 350 000 obreros se fueron a la huelga y tomaron las calles. En Chicago, la única empresa que seguía trabajando era la fábrica de maquinaria agrícola McCormick, cuyos obreros estaban en huelga desde el 16 de febrero, y los habían reemplazado por rompehuelgas y provocadores.

El 3 de mayo August Spies, director de un periódico laborista, tomó la palabra ante 6 mil trabajadores y cuando la movilización llegó por las inmediaciones de la fábrica McCormick, a manifestarse un grupo de policías disparó a la multitud causando 6 muertes e hiriendo a decenas de personas.

LOS MÁRTIRES DE CHICAGO
El 21 de junio de 1886, ocho dirigentes obreros: Parsons, Spies, Fielden, Schwab, Fischer, Lingg, Engle y Nebee fueron acusados de conspiración para asesinato por la explosión de la bomba que mató al policía. El juicio fue sumario y condenó a siete de ellos a morir ahorcados y a uno a 15 años de cárcel con trabajos forzados. El proceso estuvo plagado de múltiples falsedades y el fiscal de distrito llegó a exigir que se: “Castigue a estos hombres de manera ejemplar, cuélguelos y salve nuestras instituciones”. La masacre de Haymarket se convirtió en un escándalo internacional y el gobernador Oglesby recibió cientos de miles de cartas pidiéndole que revoque la sentencia de muerte para los acusados, sin embargo, todo ello fue inútil y los condenados fueron ejecutados.
El 11 de noviembre de 1886 fueron ahorcados Parsons, Spies, Fischer y Engel, mientras que Louise Lingg, anarquista, se suicidó en su celda. En tanto a Fielden, Nebee y Schwab se le conmutó la pena de muerte por la cadena perpetua y trabajos forzados. Las ejecuciones fueron realmente un ejemplo pero en sentido contrario, es decir, lejos de intimidar al movimiento obrero más de 200 mil trabajadores asistieron a los funerales de los líderes muertos y se convirtió en un mitin donde reiteraron persistir en la lucha iniciada.

Resulta paradójico que, desde Finlandia hasta Chile, desde Sudáfrica hasta Nepal, desde Ecuador hasta China se conmemore el 1ro de Mayo, siendo las únicas excepciones EE.UU. y Canadá que lo celebran en otra fecha, ¿serán quizás perturbadores recuerdos históricos de algunas malas conciencias?
Mario Domínguez Olaya
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