sábado, 27 de junio de 2009

LOS “FANTASMAS” SE DEPRIMEN

Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde, o simplemente Oscar Wilde, nació en Dublín - Irlanda el 16 de octubre de 1854 y murió en París el 30 de noviembre de 1900. La nación irlandesa y escocesa luego de varios siglos de cruento colonialismo terminaron anexados al imperio británico e Inglaterra ejercía su vasallaje monárquico sobre esos pueblos amparado en su poderío bélico; sin embargo, la identidad nacional de irlandeses y escoceses desde un inicio se mantuvo incólume -hasta la actualidad- ejerciendo una tenaz resistencia activa y militante contra el dominio colonial en todos los terrenos, desde el militar hasta el ideológico y cultural.

Oscar Wilde nació y se crió al amparo de una familia irlandesa acomodada y su madre, que fue una conocida activista nacionalista, lo educó en un espíritu libertario y contestatario procurando que asistiese a los mejores colegios de su época, incluido el “Magdalen Collage” de Oxford, donde se graduó como “Bachelor of Arts”.

Su juventud no solo tenía frente a sí al colonialismo de Inglaterra sino a lo mas prosaico de toda una era como lo fue el “puritanismo” victoriano que tras el velo del conservadurismo de las “buenas costumbres” encubría los mas aberrantes excesos de la tiranía monárquica; este sin lugar a dudas fue el caldo de cultivo para que el joven Wilde se revele contra la pacatería hipócrita de una sociedad que sabía “perdonar el pecado pero no el escándalo”, regresó a Dublín y se enamoró de Florence Malcome, que era la novia de Bram Stoker, autor del famoso “Drácula” para, posteriormente, instalarse en Londres; allí contrajo matrimonio con Constance Lloyd, hija de un consejero de la Reina, con la que tuvo dos hijos disfrutando de una alta posición social hasta que, en 1895 mantuvo una relación homosexual con el joven Lord Alfred Douglas, cuyo padre -cuando se hizo público el asunto- lo acusó formalmente de sodomía y homosexualidad que por aquellos años era considerado un delito sobre todo cuando trascendía a la opinión pública. Es así que Oscar Wilde fue condenado a dos años de cárcel y trabajos forzados y su reputación como escritor fue arruinada en pleno apogeo literario dado que ya había escrito obras como el “Retrato de Dorian Gray”, “El Fantasma de Canterville”, “La importancia de llamarse Ernesto”, etc… todas ellas con un estilo esteticista e iconoclasta que ponía los nervios de punta a la aristocracia inglesa dado su desenfado provocador y su cuestionamiento al orden social vigente lleno de tabúes y represiones. En esta ocasión les presento unos fragmentos del “Fantasma de Canterville”, obra que ironiza sobre los miedos anacrónicos que tratan de perpetuarse y que son revertidos por el desarrollo de lo nuevo; esta es la historia de un fantasma en una mansión, acostumbrado a espantar a sus residentes, hasta que una familia americana compra la casa y el anterior dueño no menciona el detalle del fantasma para no arruinar la transacción; sin embargo cuando el fantasma empieza ha hacer de las suyas no solo no asusta a los americanos, sino que estos se burlan de él lo cual hace que el fantasma de Canterville caiga en una severa depresión y ansíe la muerte definitiva para lo cual pide ayuda una jovencita de la familia.

Esta lectura me trae al recuerdo dos películas: “Beetlejuice” (comedia de humor negro) del director Tim Burton y la actuación de Michael Keaton y Winona Ryder; y “Los otros” (thriller dramático y de terror) del director Alejandro Amenábar y el gran protagonismo de la hermosa Nicole Kidman, ambas películas, muy a su estilo, tratan el tema de la muerte desde el mismo punto de vista que Wilde lo hizo hace un siglo atrás en el “Fantasma de Canterville”, algo similar encontraremos en el libro “La casa tomada” de Julio Cortazar pero esa es ya otra historia. Ahora leamos con cuidado las líneas que a continuación les entrego:

EL FANTASMA DE CANTERVILLE
(Cap. V)
Oscar Wilde

“…¿Se ha visto alguna vez sangre color verde esmeralda...?
-Vamos a ver -dijo el fantasma, con cierta dulzura-: ¿y qué iba yo a hacer? Es dificilísimo en los tiempos actuales agenciarse sangre de verdad, y ya que su hermano empezó con su quitamanchas incomparable, no veo por qué no iba yo a emplear los colores de usted para resistir. En cuanto al tono, es cuestión de gusto. Así, por ejemplo, los Canterville tienen sangre azul, la sangre más azul que existe en Inglaterra... Aunque ya sé que ustedes los norteamericanos no hacen el menor caso de esas cosas.

-No sabe usted nada, y lo mejor que puede hacer es emigrar, y así se formará idea de algo. Mi padre tendrá un verdadero gusto en proporcionarle un pasaje gratuito, y aunque haya fuertes impuestos sobre los espíritus, no le pondrán dificultades en la Aduana. Y una vez en Nueva York, puede usted contar con un gran éxito. Conozco infinidad de personas que darían cien mil dólares por tener antepasados y que sacrificarían mayor cantidad aún por tener un fantasma para la familia.

-Creo que no me divertiría mucho en Estados Unidos.
-Quizás se deba a que allí no tenemos ni ruinas ni curiosidades -dijo burlonamente Virginia.
-¡Qué curiosidades ni qué ruinas! -contestó el fantasma-. Tienen ustedes su Marina y sus modales.
-Buenas noches; voy a pedir a papá que conceda a los gemelos una semana más de vacaciones.
-¡No se vaya, señorita Virginia, se lo suplico! -exclamó el fantasma-. Estoy tan solo y soy tan desgraciado, que no sé qué hacer. Quisiera ir a acostarme y no puedo.
-Pues es inconcebible: no tiene usted más que meterse en la cama y apagar la luz. Algunas veces es dificilísimo permanecer despierto, sobre todo en una iglesia, pero, en cambio, dormir es muy sencillo. Ya ve usted: los gemelos saben dormir admirablemente, y no son de los más listos.

-Hace trescientos años que no duermo -dijo el anciano tristemente, haciendo que Virginia abriese mucho sus hermosos ojos azules, llenos de asombro-. Hace ya trescientos años que no duermo, así es que me siento cansadísimo.

Virginia adoptó un grave continente, y sus finos labios se movieron como pétalos de rosa. Se acercó y arrodilló al lado del fantasma, contempló su rostro envejecido y arrugado.
-Pobrecito fantasma -profirió a media voz-, ¿y no hay ningún sitio donde pueda usted dormir?
-Allá lejos, pasando el pinar -respondió él en voz baja y soñadora-, hay un jardincito. La hierba crece en él alta y espesa; allí pueden verse las grandes estrellas blancas de la cicuta, allí el ruiseñor canta toda la noche. Canta toda la noche, y la luna de cristal helado deja caer su mirada y el tejo extiende sus brazos de gigante sobre los durmientes.
Los ojos de Virginia se empañaron de lágrimas y sepultó la cara entre sus manos.
-Se refiere usted al jardín de la Muerte -murmuró.
-Sí, de la muerte. Debe ser hermosa. Descansar en la blanda tierra oscura, mientras las hierbas se balancean encima de nuestra cabeza, y escuchar el silencio. No tener ni ayer ni mañana. Olvidarse del tiempo y de la vida; morar en paz. Usted puede ayudarme; usted puede abrirme de par en par las puertas de la muerte, porque el amor la acompaña a usted siempre, y el amor es más fuerte que la muerte.

Virginia tembló. Un estremecimiento helado recorrió todo su ser, y durante unos instantes hubo un gran silencio. Le parecía vivir un sueño terrible. Entonces el fantasma habló de nuevo con una voz que resonaba como los suspiros del viento:
-¿Ha leído usted alguna vez la antigua profecía que hay sobre las vidrieras de la biblioteca?
-¡Oh, muchas veces! -exclamó la muchacha levantando los ojos-. La conozco muy bien. Está pintada con unas curiosas letras doradas y se lee con dificultad. No tiene más que estos seis versos:
"Cuando una joven rubia logre hacer brotar "una oración de los labios del pecador, "cuando el almendro estéril dé fruto "y una niña deje correr su llanto, "entonces, toda la casa recobrará la tranquilidad "y volverá la paz a Canterville.
Pero no sé lo que significan. -Significan que tiene usted que llorar conmigo mis pecados, porque no tengo lágrimas, y que tiene usted que rezar conmigo por mi alma, porque no tengo fe, y entonces, si ha sido usted siempre dulce, buena y cariñosa, el ángel de la muerte se apoderará de mí. Verá usted seres terribles en las tinieblas y voces funestas murmurarán en sus oídos, pero no podrán hacerle ningún daño, porque contra la pureza de una niña no pueden nada las potencias infernales.

Virginia no contestó, y el fantasma se retorcía las manos en la violencia de su desesperación, sin dejar de mirar la rubia cabeza inclinada. De pronto se irguió la joven, muy pálida, con un fulgor en los ojos.
-No tengo miedo -dijo con voz firme - y rogaré al ángel que se apiade de usted.
Se levantó el fantasma de su asiento lanzando un débil grito de alegría, cogió la blonda cabeza entre sus manos, con una gentileza que recordaba los tiempos pasados, y la besó. Sus dedos estaban fríos como hielo y sus labios abrasaban como el fuego, pero Virginia no flaqueó; el fantasma la guió a través de la estancia sombría. Sobre un tapiz, de un verde apagado, estaban bordados unos pequeños cazadores. Soplaban en sus cuernos adornados de flecos y con sus lindas manos le hacían gestos de que retrocediese.
-Vuelve sobre tus pasos, Virginia. ¡Vete, vete! -gritaban.

Pero el fantasma le apretaba en aquel momento la mano con más fuerza, y ella cerró los ojos para no verlos. Horribles animales de colas de lagarto y de ojazos saltones parpadearon maliciosamente en las esquinas de la chimenea, mientras le decían en voz baja:
-Ten cuidado, Virginia, ten cuidado. Podríamos no volver a verte.
Pero el fantasma apresuró el paso y Virginia no oyó nada. Cuando llegaron al extremo de la estancia el viejo se detuvo, murmurando unas palabras que ella no comprendió. Volvió Virginia a abrir los ojos y vio disiparse el muro lentamente, como una neblina, y abrirse ante ella una negra caverna. Un áspero y helado viento los azotó, sintiendo la muchacha que le tiraban del vestido.
-De prisa, de prisa -gritó el fantasma-, o será demasiado tarde.
Y en el mismo momento el muro se cerró de nuevo detrás de ellos y el salón de Tapices quedó desierto…”

Mario Domínguez Olaya

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