

JESÚS Y LA SAMARITANA
Tener sed de AGUA VIVA
Por el P. Clemente Sobrado
San Juan 4, 5 - 42

Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.” Jesús le dice: “Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad.” Le dice la mujer: “Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo.” Jesús le dice: “Yo soy, el que te está hablando.” Cuando llegaron donde él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, y decían a la mujer: “Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo.”
Reflexión
A este Tercer Domingo de Cuaresma podemos llamarle el “Domingo del agua” y también el “Domingo de Dios como don” y aún diría que le pudiéramos dar otro título: “Domingo de derribar los muros.” Las tres denominaciones son válidas y las tres con un profundo significado y las tres de gran valor para nuestras vidas por una sencilla razón: Todos, en el fondo, aun sin saberlo llevamos esa sed de Dios, esa sed de plenitud que sólo Él puede darnos. En segundo lugar, porque todos vamos perdiendo ese sentido de Dios y nos vamos acostumbrando a vivir sin Él, aunque tenemos que reconocer que nuestra felicidad es tan pobre como las cosas en las que tratamos de lograrla. Finalmente, también hoy necesitamos de derribar demasiados muros que nos separan y nos dividen y hasta nos impiden “hablarnos y comunicarnos entre nosotros”.

Si se fijan en el texto encontrarán a dos que tienen sed: Jesús, que cansado del camino, se sienta al brocal del pozo y la Mujer que viene desde el pueblo con su cántaro a sacar agua. Los dos con una sed física y los dos, sin decirlo, con una sed espiritual. Jesús sediento de ganar el corazón de la mujer y la mujer que sin darse cuenta va descubriendo poco a poco que dentro de ella había otra sed mucho más profunda. En el fondo, también ella sentía sed de Dios por más que no lo reconociera.
Yo sé que muchos se sienten bien sin Dios, viven aparentemente tranquilos sin Él. El ambiente los gana, pero Dios tampoco está de vacaciones. A veces basta una pequeña chispa para encender un incendio. Jesús se fue metiendo en el corazón de la samaritana y poco a poco lo fue ganando hasta dejar el cántaro junto al pozo y corrió al pueblo a proclamar su hallazgo. En el relato lo primero que hace la mujer es protegerse poniendo el muro de división entre judíos y samaritanos que no se hablaban. Jesús rompió ese muro y siguió hablando con ella e incluso poniéndose en condición de inferioridad, en la condición de pedirle agua. A veces basta que uno rompa el muro y el hielo para que el otro se olvide de lo que los separa y distancia y comience una nueva relación.
Jesús quiere ser el agua que sacia nuestra sed y Dios quiere ser nuestro mejor don y regalo. Jesús quiere que derribemos tantos muros que nos separan y formemos todos juntos un solo pueblo, una sola Iglesia, una sola comunidad. Tenemos que ofrecer esa agua de la gracia, pero en una diálogo sincero y franco. No imponer a Dios, ofrecerlo. Pero para ofrecerlo tenemos también que cambiar nuestra mentalidad sobre Dios.
Fuente
La Iglesia que camina
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