
UNA CITA EN SAMARCANDA

- Amo, por favor te ruego disculpes mi osadía, lo que sucede es que al entrar en el palacio, en unas gradas de la escalera me encontré frente a frente con la muerte que estaba ahí sentada. ¡Es lo mas horrible que he visto! y de seguro ha venido por mí; por eso entre despavorido a tus aposentos para pedirte un favor muy especial.
El príncipe tenía un gran aprecio por su lacayo, lo había servido por años de una manera fiel y obsecuente, por eso no estaba enojado pero si muy intrigado.
- Qué es lo que quieres pedirme, le dijo.
- Gran príncipe, sabes bien que te he servido fielmente durante todos estos años, pero al ver que la muerte está allá abajo esperándome me he llenado de espanto, te pido que por favor me facilites un caballo para salir por la puerta trasera y así poder escapar de la muerte.
- Y, adonde irías, le preguntó el príncipe.
- Huiría hacia las montañas, no pararía hasta trasponer la frontera y me quedaría en Samarcanda, muy lejos de aquí.

El príncipe se sintió satisfecho de haber ayudado a su lacayo para que huya de la muerte, pero al mismo tiempo entró en la cuenta de que también había perdido un fiel sirviente y eso lo encolerizó decidiendo emprenderla contra la muerte que aun seguía sentada en las escalinatas; desenvainó su espada y tomó su escudo de guerra y abriendo las puertas del palacio encaró a la muerte:

- Por favor, noble príncipe -respondió la muerte- discúlpame si te he causado alguna molestia pero jamás ha sido mi intención causarte algún estropicio por que yo no he venido a llevarme a nadie de tu castillo.
- Y entonces, ¿por qué estás acá sentado?.
- Señor, yo solo me he detenido a descansar un momento por que mi viaje es largo y agotador ya que la cita con la persona que me llevaré recién será mañana por la noche en Samarcanda.
Mario Domínguez Olaya
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